En la sociedad posmoderna en la que vivimos
se está dando, prácticamente en todos los ámbitos sociales y culturales, una
marea relativista que está sustentada por un generalizado desprecio a la razón.
Esto es fruto de los fracasos que ha tenido en épocas pasadas, pero recientes,
una desvirtuada confianza en la razón humana. Sin embargo el efecto rebote que
estamos padeciendo tiene viso de producir iguales fracasos. Esta situación se
da incluso dentro de la Iglesia Católica. Ante la catequesis de irracionalidad
del mundo, conviene aclarar qué enseña nuestra madre la Iglesia sobre la razón.
La razón es una facultad del ser humano, pero una facultad especial, ya
que "El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado "a imagen
de Dios" (CIC 36). Hay quien
sostiene erróneamente que sólo se puede llegar a saber de la existencia de Dios
a través de la fe. Sin embargo, el Concilio Vaticano I (DS 3004), recordado en
el Concilio Vaticano II (DV 6) y nuevamente recordado en el Catecismo de la
Iglesia Católica, se dice claramente que "La santa Iglesia, nuestra madre,
mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser
conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las
cosas creadas" (CIC 36). Y aunque para poder entrar en su intimidad es
necesaria la fe en la revelación (CIC 35), la razón, aunque no es suficiente,
es imprescindible para esta intimidad, ya que "sin esta capacidad, el
hombre no podría acoger la revelación de Dios" (CIC 237).
El hecho de que a muchos hombres, en la actualidad, su razón les lleve
al ateísmo es debido a las dificultades propias de nuestras condiciones
históricas, nuestros sentidos, imaginación y por supuesto nuestro pecado, que
impiden a la razón usar eficazmente su poder natural (CIC 37). ¿Se puede, pues,
demostrar la existencia de Dios? No, no se puede. Pero sí existen pruebas y
vías racionales para llegar al conocimiento de su existencia. También existen
en mucho creyentes la idea equivocada de que la razón y la fe se oponen. Esta idea
la desmiente, sin ningún tipo de ambigüedad el Catecismo: "las pruebas de
la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se
opone a la razón humana" (CIC 35). No obstante, la razón no es la causa de
la fe (CIC 156). Aunque los signos inteligibles hacen que la fe no sea un
"movimiento ciego del espíritu" (CIC 156). Y si bien hay verdades
reveladas que pueden permanecer oscuras a la razón, la certeza que da la
Palabra de Dios es mayor que la que pudiese dar la razón (CIC 157). "A pesar de que la fe esté por encima
de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas" (CIC 159). Y así es
como lo explica el Concilio Vaticano I: " Puesto que el mismo Dios que
revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano
la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero
contradecir jamás a lo verdadero"
(CIC 159).
Al tener la razón humana capacidad para conocer a Dios, la Iglesia
tiene la confianza de poder hablar de Dios con todos los hombres, ya sean
creyentes de otras religiones o ateos
(CIC 39). Y por supuesto, hablar
de moral, ya que Dios ha escrito una ley moral en la conciencia de cada hombre
(CIC 1776) que conoce a través de la razón y que debe seguir (CIC 1706). Así,
de este modo, nos enseña Santo Tomás de Aquino que " Pertenece a la
perfección del bien moral o humano el que las pasiones estén reguladas por la
razón" (CIC 1767).
La conciencia pertenece al ámbito de la razón: "La conciencia
moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la
cualidad moral de un acto concreto " (CIC 1778). Por lo tanto "El
pecado es un acto contrario a la razón" (CIC 1872). En una sociedad plural
no se puede esperar que las leyes se dicten conforme a ninguna confesión
religiosa concreta, pero sí conforme a la razón. Y eso es lo que enseña el
catecismo siguiendo a Santo Tomás de Aquino: "La legislación humana sólo
posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón...En la medida en que
ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta...sería más bien
una forma de violencia" (CIC 1930). El fondo de todo pecado es la
irracionalidad, pues así define el pecado el catecismo: "El pecado es una
falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta" (CIC 1849). Y el
fundamento de toda virtud la racionalidad:
"La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a
discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios
rectos para realizarlo" (CIC 1806); "La virtud de la castidad forma
parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de razón
las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana." (CIC 2341).
"La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las
cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad"
(Carta Encíclica Fides et Ratio, Juan Pablo II).