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¿Realidad virtual? 

Si tratáramos de hacer un listado con las diez facultades más importantes del ser humano ¿cuáles nos saldrían? Dejemos un par de minutos para pensar. ¿Y si tuviéramos que listar los diez órganos más importantes del ser humano por orden de prioridad? Dejemos un minutillo más para pensar en aquello que no querríamos perder.

Como tantas veces ocurre, quizás lo más importante, como el aire, pasa desapercibido delante de nuestras propias narices, y sólo lo echamos de menos cuando desaparece o se enrarece. ¿Qué os parecería que la propia vida desapareciera de nosotros mismos? De repente no recordamos nada, quién soy, cómo me llamo, dónde vivo, si estoy casado, si tengo hijos, si tengo que vestirme, si no reconozco la comida, si vivo en un país, ¿qué es un país?, si tengo un trabajo, si he estudiado alguna vez y el largo etcétera de toda una vida.

Efectivamente, me refiero a la memoria. La damos por hecho y sin embargo apenas sabemos nada sobre su funcionamiento. En la memoria vamos almacenando toda nuestra vida lo queramos o no, lo instrumental y lo conceptual, lo afectivo y lo emocional. De forma inconsciente la mayoría de las veces y conscientemente algunas de ellas vamos almacenando la información en nuestro cerebro en la forma de nuevas conexiones neuronales, millones y millones de simples conexiones sinápticas que vamos reforzando con el recuerdo.

La pregunta podría ser: ¿Todo queda almacenado de forma permanente? ¿En que consiste el olvido? ¿La información desaparece de la memoria o lo que falla es el acceso a la misma? Todos tenemos experiencia de no recordar algo cuando lo necesitamos y encontrarnos con la respuesta en el momento más imprevisible. En este caso lo que falló fue el recuerdo.

Si lo anterior fuera cierto, es decir si todo quedara grabado en nuestro cerebro, la pregunta del millón sería ¿podríamos ser capaces de recordar todo aquello que quisiéramos, de cada minuto, de cada segundo, de nuestra vida? Objetos, sucesos, paisajes, olores, sonidos, canciones, voces, conversaciones, dolores, alegrías, sentimientos, miedos, nervios, sorpresas, etc.

Según el neurocirujano W. Penfield[1] el cerebro mantiene un registro de toda la experiencia vital, la cual puede ser de nuevo evocada. Para ello bastaría una experiencia concreta que provocara el recuerdo o una estimulación eléctrica del área cerebral correspondiente. Por ejemplo excitando la circunvolución temporal superior podríamos evocar recuerdos musicales, como la canción favorita de la juventud, o la que tarareaba sin descanso el verano del 90. (De Shostakovich se llegó a decir[2] que una esquirla ubicada en el lóbulo temporal izquierdo era la causante de su gran creatividad musical.)

En pacientes neurológicos tratados con L-dopa se han llegado a rememorar episodios completos y detallados de la infancia, hasta ese momento olvidados. Por ejemplo el arrullo de los padres a la hora de dormir durante un periodo de la infancia aparecía tan vivo como en el instante inicial. La voz de un familiar fallecido hace décadas sonaba de nuevo.

Se ha descrito también cómo durante la vejez los ancianos llegan a recordar bien en sueños bien de forma consciente antiguos episodios de su infancia.

En definitiva, parece ser que todo está ahí pero no es fácil recordarlo. Ni fácil ni conveniente, me atrevería a decir. Está demostrado el olvido como mecanismo de defensa de situaciones desagradables, pero ¿estaríamos dispuestos a recordar vívidamente las experiencias agradables? Incluso ante esta posibilidad veo más inconvenientes que ventajas. Nos puede llevar a evadirnos del presente y a refugiarnos en una realidad que ya no es real. Nos puede llevar a virtualizar nuestra vida pensando que de la misma sólo merecen la pena los mejores episodios. Nada más lejos de la verdad. La vida es todo, lo bueno, lo malo y lo regular. De hecho es muy probable que los momentos de crisis o de dificultad se conviertan en los hitos más significativos y relevantes de nuestro recorrido. Momentos de conversión, delante de la cruz, de los que tenemos que dar gracias. Hay personas que se refugian en un pasado glorioso siendo incapaces de afrontar un presente que en nada se parece y el cambio doloroso que supone.

Además el recuerdo es caprichoso y sabemos que en ocasiones, consciente o inconscientemente, tendemos a desvirtuar el recuerdo en virtud de intereses más o menos conocidos. Nos situamos en situaciones pasadas desde una perspectiva interesada y partimos de una percepción inicial que ya en ese mismo momento podía estar equivocada. Si pudiéramos evocar cualquier recuerdo a nuestra merced nos perderíamos todo este proceso creativo que pone en juego nuestra mente para recordar lo que queremos y como queremos.

Por todo ello, quizás la memoria lo almacene todo, pero ahí quede hasta que las circunstancias de la vida o la voluntad de Dios vayan recordándonos aquello que tengamos que revivir y sólo eso. Nuestra memoria no es sino perfecta en su imperfección.

Pedro Jara
[1] The brain´s record of visual and auditory experience: a final summary and discussion” Brain (1963), 86:595-696[2] Neurólogo Dajue Wang

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